viernes, 8 de septiembre de 2006

¡Ardo beltza!

Fuente de la imagen: La Tregua (Velasco, 2006)
El recuerdo de la juventud se despierta con el viaje de un niño de pocos años que, tras terminar un curso escolar difícil con aprobados muy justos, parte en tren desde Ronda hacia San Sebastián en un trayecto de veinte horas de duración. Aquel joven cargaba con miedos intensos, una timidez acentuada, unos bocadillos de chorizo y morcilla para el camino, y una maleta que su madre le ayudó a preparar con esmero: La Tregua (Velasco, 2006). En el compartimiento de aquel transporte, el temor inicial ante la presencia de compañeros de viaje con vestimentas y lenguas extrañas se disipó rápidamente, convirtiéndose en tranquilidad al recibir gestos afectuosos, trozos de naranja y miradas limpias. Al llegar a su destino, se incorporó inmediatamente como aprendiz en un restaurante de la Parte Vieja, donde su primera tarea consistió en clasificar botellas vacías en la bodega húmeda, una actividad que dejó marcas físicas y cicatrices duraderas en sus manos. Con el transcurrir de las temporadas estivales, el muchacho asumió mayores responsabilidades en la barra, el merendero y el comedor, ganándose el afecto de los comensales habituales, quienes lo llamaban cariñosamente "Manolo el sevillano" ¡Manolo, ardo beltza! aunque él les aclaraba con orgullo su verdadero origen rondeño. Aquellas personas mayores de boina y costumbres distintas mostraban una cercanía y una familiaridad admirables, aceptándolo con sonrisas sinceras que acortaban cualquier distancia geográfica o cultural.

La calidez de esa rutina laboral convivía estrechamente con episodios de gran tensión política y social, reflejada cuando las calles del Boulevard se vaciaban de repente por enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas policiales. En una ocasión memorable, cargando sobre sus hombros un saco lleno de pan caliente para abastecer otro local de la red de restaurantes en medio de la revuelta, el joven experimentó un silencio asombroso: la multitud airada y los policías armados detuvieron por un momento su combate recíproco para permitirle cruzar con seguridad entre los escudos protectores. Esa vivencia imborrable sembró en su interior una confianza indestructible en la bondad humana, convenciéndolo de que la empatía existe en cualquier grupo social, profesión o ideología. La generosidad de aquella comunidad se tradujo en acciones tangibles, como el regalo de diez mil pesetas que un directivo del Banco Guipúzcoano le otorgó para financiar sus estudios universitarios, o los sobres de compensación salarial entregados al terminar cada ciclo estival. Sentado en los jardines de la Concha durante sus horas de descanso, asimiló valiosas enseñanzas sobre la existencia conversando con sabios ancianos locales. Hoy, ante las esperanzadoras señales de una tregua y los avances de las agrupaciones políticas democráticas, renace en su corazón una inmensa felicidad que le anima a planificar un regreso con sus seres queridos, deseando ardientemente compartir con ellos el afecto indeleble de aquel lugar.
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Velasco-Carretero, M. (2006). La Tregua. Sitio visitado el 8/9/2006.